La persona que solo me escribía después de las diez — Lima: lo que ocurrió cuando dejé de fingir
Llevo varios días escribiendo y borrando esta confesión porque no sé con quién hablarlo. Tengo 33 años, la otra persona tiene 25 y ambos somos adultos. Vivo en Lima y estaba concentrado en el trabajo y no buscaba ninguna relación. Todo comenzó con alguien que conocí en una boda, a partir de la complicidad de una noche en la que ninguno conocía a mucha gente.
Durante casi 12 meses la atracción se construyó con detalles pequeños: un postre que compraba cada vez que nos veíamos, mensajes enviados cuando todos dormían y bromas que tenían un significado distinto para nosotros. Yo puse límites más de una vez porque entendía que la situación podía complicarse, pero también esperaba cada encuentro.
Durante una reunión de antiguos amigos, terminó preguntándome directamente si yo también sentía esa tensión. Le respondí que sí antes de pensarlo demasiado. Tuvimos un momento muy íntimo y consciente. Al despertar, la confianza entre nosotros había cambiado y ya no era posible volver a las conversaciones de antes.
Al día siguiente hablamos para asegurarnos de que ninguno se sintiera incómodo o presionado. Los dos confirmamos que había sido una decisión compartida. Esa persona quiere una relación seria y yo no sé si lo que siento existe fuera de la intensidad de nuestros encuentros. Desde entonces alterno entre querer repetirlo y desear que todo vuelva a ser sencillo.
No me arrepiento de que todo haya sido consensuado y cuidado, pero sí me preocupa haber abierto una historia para la que ninguno tenía un plan. La atracción sigue presente y ahora se mezcla con miedo, ternura y expectativa.
He intentado imaginar cómo sería compartir una semana normal, con cansancio, responsabilidades y desacuerdos, no solo encuentros intensos. Esa pregunta me ayuda a mirar la situación con más claridad, aunque todavía no tengo una respuesta.
La atracción es clara; lo que todavía no sabemos es si nuestras expectativas pueden convivir sin lastimarnos. Sé que el deseo puede hacer que uno idealice a una persona y que una noche intensa no garantiza una relación sana. Aun así, negar lo que siento tampoco está funcionando. ¿Vale la pena arriesgar la estabilidad por una historia que comenzó de esta manera?
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