Un detalle cambió la forma en que veía nuestra historia — Nazca: lo que ocurrió cuando dejé de fingir
Me cuesta aceptar que una situación tan cotidiana haya terminado cambiando tantas cosas en mi vida. Tengo 37 años, vivo en Nazca y pensaba que ya no volvería a sentir una conexión tranquila con alguien. La persona de esta historia es alguien con quien trabajo de forma independiente; los mensajes profesionales comenzaron a mezclarse con conversaciones personales.
La cercanía creció sin grandes gestos. Empezamos compartiendo una libreta donde anotaba todo, después llegaron las conversaciones sobre familia, miedos y planes que normalmente uno no cuenta tan rápido. Durante casi 3 meses insistí en que solo estaba disfrutando de una buena amistad, aunque cada vez esperaba más nuestros encuentros.
Durante una visita inesperada, terminamos hablando a solas. Me dijo que conmigo podía mostrarse sin aparentar y esa frase se quedó conmigo. Desde ese día los mensajes cambiaron de tono y comenzamos a buscarnos incluso cuando no había una excusa concreta.
Acordamos salir en serio durante un mes y después conversar, pero yo ya estoy mucho más involucrado de lo que pensaba. Nuestro grupo de amigos es muy unido y ambos tememos que una relación fallida termine dividiéndolo. Lo extraño es que cuando estamos juntos todo parece sencillo, pero al pensar en el futuro aparecen demasiadas preguntas.
El miedo a perder la amistad me ha protegido del rechazo, aunque también me mantiene lejos de una respuesta. No quiero perder una conexión que me hace bien, pero tampoco deseo quedarme en una espera indefinida por miedo a hablar. ¿Creen que una relación que nace de una amistad tiene más posibilidades o más cosas que perder?
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