La amistad dejó de sentirse inocente — Chimbote: la verdad que por fin necesitaba contar
Esta historia parece pequeña cuando la resumo, pero lleva meses ocupando casi todos mis pensamientos. Tengo 46 años, vivo en Chimbote y acababa de salir de una etapa en la que había decidido no involucrarme con nadie. La persona de esta historia es una amistad que comenzó por redes sociales; pasamos de responder historias a hablar casi todos los días.
La cercanía creció sin grandes gestos. Empezamos compartiendo la paciencia con la que explicaba las cosas, después llegaron las conversaciones sobre familia, miedos y planes que normalmente uno no cuenta tan rápido. Durante casi 8 meses insistí en que solo estaba disfrutando de una buena amistad, aunque cada vez esperaba más nuestros encuentros.
Una noche, después de una tarde de lluvia, confesó que esperaba mis mensajes más de lo que quería admitir. Yo sentía exactamente lo mismo. No pasó nada dramático; simplemente dejamos de hablar y nos quedamos mirándonos con una sinceridad nueva.
Todavía no le he dicho directamente lo que siento, aunque sospecho que ya lo sabe por la forma en que me mira. Hay una diferencia de edad que a nosotros no nos pesa, pero sí provoca comentarios de otras personas. Lo extraño es que cuando estamos juntos todo parece sencillo, pero al pensar en el futuro aparecen demasiadas preguntas.
No quiero idealizar a esta persona, pero tampoco minimizar lo bien que me hace sentir su presencia. No quiero perder una conexión que me hace bien, pero tampoco deseo quedarme en una espera indefinida por miedo a hablar. ¿Debería decirle con claridad lo que siento aunque exista el riesgo de perder la amistad?
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