La amistad dejó de sentirse inocente — Cusco: una promesa difícil de cumplir
Esta historia parece pequeña cuando la resumo, pero lleva meses ocupando casi todos mis pensamientos. Tengo 38 años, vivo en Cusco y pensaba que ya no volvería a sentir una conexión tranquila con alguien. La persona de esta historia es alguien que conocí en una boda; ninguno conocía a muchas personas y terminamos acompañándonos durante toda la fiesta.
La cercanía creció sin grandes gestos. Empezamos compartiendo el café que siempre pedía sin azúcar, después llegaron las conversaciones sobre familia, miedos y planes que normalmente uno no cuenta tan rápido. Durante casi 11 meses insistí en que solo estaba disfrutando de una buena amistad, aunque cada vez esperaba más nuestros encuentros.
El momento que cambió todo ocurrió durante una reunión del grupo. Me tomó de la mano para tranquilizarme y sentí una cercanía que ya no parecía solo amistad. Desde ese día los mensajes cambiaron de tono y comenzamos a buscarnos incluso cuando no había una excusa concreta.
Todavía no le he dicho directamente lo que siento, aunque sospecho que ya lo sabe por la forma en que me mira. Yo llevaba tiempo diciendo que no quería compromisos y ahora me cuesta reconocer que cambié de opinión. Lo extraño es que cuando estamos juntos todo parece sencillo, pero al pensar en el futuro aparecen demasiadas preguntas.
A veces cuidar una historia significa esperar; otras veces significa atreverse a nombrarla. No quiero perder una conexión que me hace bien, pero tampoco deseo quedarme en una espera indefinida por miedo a hablar. ¿Estoy apurando una historia bonita por querer tener certezas demasiado pronto?
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