Un detalle cambió la forma en que veía nuestra historia — Lima: la verdad que por fin necesitaba contar
Nunca pensé que terminaría contando esto de manera anónima, pero necesito ordenar lo que siento. Tengo 48 años, vivo en Lima y acababa de salir de una etapa en la que había decidido no involucrarme con nadie. La persona de esta historia es una persona que conocí en una aplicación; hablamos varias semanas antes de atrevernos a vernos en persona.
La cercanía creció sin grandes gestos. Empezamos compartiendo los mensajes que llegaban justo cuando tenía un día difícil, después llegaron las conversaciones sobre familia, miedos y planes que normalmente uno no cuenta tan rápido. Durante casi 6 meses insistí en que solo estaba disfrutando de una buena amistad, aunque cada vez esperaba más nuestros encuentros.
Durante una tarde de lluvia, terminamos hablando a solas. Me dijo que conmigo podía mostrarse sin aparentar y esa frase se quedó conmigo. Yo intenté actuar con normalidad, pero empecé a notar cada ausencia y cada despedida mucho más de la cuenta.
Todavía no le he dicho directamente lo que siento, aunque sospecho que ya lo sabe por la forma en que me mira. Hay una diferencia de edad que a nosotros no nos pesa, pero sí provoca comentarios de otras personas. Lo extraño es que cuando estamos juntos todo parece sencillo, pero al pensar en el futuro aparecen demasiadas preguntas.
A veces cuidar una historia significa esperar; otras veces significa atreverse a nombrarla. No quiero perder una conexión que me hace bien, pero tampoco deseo quedarme en una espera indefinida por miedo a hablar. ¿Creen que una relación que nace de una amistad tiene más posibilidades o más cosas que perder?
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