Un detalle cambió la forma en que veía nuestra historia — Cajamarca: una historia que todavía sigue abierta
Esta historia parece pequeña cuando la resumo, pero lleva meses ocupando casi todos mis pensamientos. Tengo 42 años, vivo en Cajamarca y había tenido varias citas que no llegaron a ninguna parte. La persona de esta historia es alguien con quien trabajo de forma independiente; los mensajes profesionales comenzaron a mezclarse con conversaciones personales.
La cercanía creció sin grandes gestos. Empezamos compartiendo el café que siempre pedía sin azúcar, después llegaron las conversaciones sobre familia, miedos y planes que normalmente uno no cuenta tan rápido. Durante casi 11 meses insistí en que solo estaba disfrutando de una buena amistad, aunque cada vez esperaba más nuestros encuentros.
Una noche, después de un cumpleaños pequeño, confesó que esperaba mis mensajes más de lo que quería admitir. Yo sentía exactamente lo mismo. Yo intenté actuar con normalidad, pero empecé a notar cada ausencia y cada despedida mucho más de la cuenta.
Todavía no le he dicho directamente lo que siento, aunque sospecho que ya lo sabe por la forma en que me mira. Una relación anterior todavía aparece de vez en cuando y eso me hace dudar de si existe espacio real para algo nuevo. Lo extraño es que cuando estamos juntos todo parece sencillo, pero al pensar en el futuro aparecen demasiadas preguntas.
A veces cuidar una historia significa esperar; otras veces significa atreverse a nombrarla. No quiero perder una conexión que me hace bien, pero tampoco deseo quedarme en una espera indefinida por miedo a hablar. ¿Debería decirle con claridad lo que siento aunque exista el riesgo de perder la amistad?
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