Me enamoré cuando menos lo esperaba — Piura: una promesa difícil de cumplir
Me cuesta aceptar que una situación tan cotidiana haya terminado cambiando tantas cosas en mi vida. Tengo 42 años, vivo en Piura y acababa de salir de una etapa en la que había decidido no involucrarme con nadie. La persona de esta historia es alguien con quien trabajo de forma independiente; los mensajes profesionales comenzaron a mezclarse con conversaciones personales.
La cercanía creció sin grandes gestos. Empezamos compartiendo la manera tranquila de escuchar sin interrumpir, después llegaron las conversaciones sobre familia, miedos y planes que normalmente uno no cuenta tan rápido. Durante casi 8 meses insistí en que solo estaba disfrutando de una buena amistad, aunque cada vez esperaba más nuestros encuentros.
Todo se volvió evidente cuando pasé una semana difícil y fue la única persona que apareció sin que yo tuviera que pedir ayuda. No pasó nada dramático; simplemente dejamos de hablar y nos quedamos mirándonos con una sinceridad nueva.
Nos alejamos unos días para pensar, pero el silencio solo me confirmó cuánto extraño su presencia. Ninguno quiere ser el primero en ponerle un nombre a lo que está ocurriendo por miedo a presionar al otro. Lo extraño es que cuando estamos juntos todo parece sencillo, pero al pensar en el futuro aparecen demasiadas preguntas.
A veces cuidar una historia significa esperar; otras veces significa atreverse a nombrarla. No quiero perder una conexión que me hace bien, pero tampoco deseo quedarme en una espera indefinida por miedo a hablar. ¿Debería decirle con claridad lo que siento aunque exista el riesgo de perder la amistad?
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