Pensé que solo era amistad hasta aquella noche — Iquitos: una conversación que lo cambió todo
Me cuesta aceptar que una situación tan cotidiana haya terminado cambiando tantas cosas en mi vida. Tengo 45 años, vivo en Iquitos y pensaba que ya no volvería a sentir una conexión tranquila con alguien. La persona de esta historia es una vecina del edificio; nos saludábamos en el ascensor hasta que una falla de agua nos hizo conversar de verdad.
La cercanía creció sin grandes gestos. Empezamos compartiendo la costumbre de responder con audios larguísimos, después llegaron las conversaciones sobre familia, miedos y planes que normalmente uno no cuenta tan rápido. Durante casi 9 meses insistí en que solo estaba disfrutando de una buena amistad, aunque cada vez esperaba más nuestros encuentros.
La señal más clara llegó cuando me contó un plan importante para su futuro y, sin darse cuenta, habló como si yo ya formara parte de él. Desde ese día los mensajes cambiaron de tono y comenzamos a buscarnos incluso cuando no había una excusa concreta.
Hace unos días nos besamos por primera vez y desde entonces todo se siente más bonito, pero también más frágil. Los dos tenemos horarios complicados y responsabilidades que hacen que vernos sea mucho más difícil de lo que parecía. Lo extraño es que cuando estamos juntos todo parece sencillo, pero al pensar en el futuro aparecen demasiadas preguntas.
No quiero idealizar a esta persona, pero tampoco minimizar lo bien que me hace sentir su presencia. No quiero perder una conexión que me hace bien, pero tampoco deseo quedarme en una espera indefinida por miedo a hablar. ¿Debería decirle con claridad lo que siento aunque exista el riesgo de perder la amistad?
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