La amistad dejó de sentirse inocente — Puno: la verdad que por fin necesitaba contar
Me cuesta aceptar que una situación tan cotidiana haya terminado cambiando tantas cosas en mi vida. Tengo 23 años, vivo en Puno y pensaba que ya no volvería a sentir una conexión tranquila con alguien. La persona de esta historia es una madre o padre soltero que conocí por amigos; su manera de cuidar a su familia me hizo verlo de una forma distinta.
La cercanía creció sin grandes gestos. Empezamos compartiendo un paraguas que terminamos compartiendo, después llegaron las conversaciones sobre familia, miedos y planes que normalmente uno no cuenta tan rápido. Durante casi 5 meses insistí en que solo estaba disfrutando de una buena amistad, aunque cada vez esperaba más nuestros encuentros.
Una noche, después de una mudanza, confesó que esperaba mis mensajes más de lo que quería admitir. Yo sentía exactamente lo mismo. Yo intenté actuar con normalidad, pero empecé a notar cada ausencia y cada despedida mucho más de la cuenta.
Acordamos salir en serio durante un mes y después conversar, pero yo ya estoy mucho más involucrado de lo que pensaba. Ninguno quiere ser el primero en ponerle un nombre a lo que está ocurriendo por miedo a presionar al otro. Lo extraño es que cuando estamos juntos todo parece sencillo, pero al pensar en el futuro aparecen demasiadas preguntas.
El miedo a perder la amistad me ha protegido del rechazo, aunque también me mantiene lejos de una respuesta. No quiero perder una conexión que me hace bien, pero tampoco deseo quedarme en una espera indefinida por miedo a hablar. ¿Esperarían a que la situación se resuelva sola o tomarían la iniciativa?
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